lunes, 20 de septiembre de 2010

Path of no return (I)

Al despertarse, Énfer comenzó a caminar. Sin ningún destino, sin ninguna dirección, simplemente caminó. No le importaba hacer eso de vez en cuando, generalmente su subsconciente le guiaba, como le guió a la Iglesia que ahora le servía de hogar, como le solía guiar hacia todo el alcohol que necesitaba para poder vivir con menor sufrimiento. Ahora que lo pensaba detenidamente, su subsconciente tampoco le trataba tan bien.
No sabía cuánto tiempo llevaba andando cuando de repente se dio cuenta de dónde estaba. Era inmenso, precioso, pétreo, sublime. Era un cementerio. En un principio deambuló entre las lápidas y panteones sin plantearse realmente qué hacía allí, simplemente regodeándose en la belleza fúnebre de tan lúgubres monumentos. Una cruz aquí, una virgen allí, e incluso un arcángel amenazante apuntándole con su espada, ante el que se descubrió la camisa, desafiante, esperando que le atravesara, para poder descansar, al fin, entre tantos cuerpos dormidos.
Y en ese momento, en el que, sin peligro aparente, su corazón llegó al límite de sus pulsaciones, con una lágrima recorriendo su cara, fue consciente de qué hacía en el Camposanto. Había pasado por la tumba de un respetado padre, de una querida madre, de los abuelos de alguien, e incluso de unos desaparecidos amigos. Y se dio cuenta de que necesitaba de un lugar en el que volver a conectar con todos los seres perdidos, pero en la paz de la consciencia, y no en esas terribles pesadillas que le atacaban en las vigilias.
No entendía el por qué, él, que siempre había renegado de esas estúpidas supersticiones, que le bastaba con el recuerdo, de repente buscaba como un loco iconos a los que adorar, a los que llorar, a los que añorar.
Y así pasó el resto del día, recuperando las tumbas rotas, las que no tenían nombre, las que estaban tiradas, sin dueño, tallándolas, encontrándoles un lugar, limpiándolas,... construyendo su propio panteón. Casi sin darse cuenta, se le había hecho de noche, pero había acabado el trabajo que se había propuesto. Y antes de que llegara la oscuridad total, improvisó una serie de antorchas que iluminaran los restos reconstruídos de su pasado.
De ese modo tan poco usual pasó lo que quedaba del día. Sentado, frente a las improvisadas tumbas, hablando con aquellos a quienes había perdido, recordando lejanos momentos de felicidad ya olvidados, conteniendo el aliento cuando el llanto le hacía perder la voz.
Hasta que amaneció, y detrás de la tumba más grande que había allí, la vio. No sabía si era alta o baja, delgada, o muy delgada (la maldita hambruna no dejaba a nadie engordar), guapa o fea, pero en cuanto los ojos de Énfer se cruzaron con los de la muchacha, supo que se había enamorado...