Sonó el despertador, y abrió los ojos. Todo estaba en paz, y decidió disfrutar durante unos segundos de ese agradable momento de semi-sueño hasta que se despertara por completo. Pero algo le perturbó, el agradable olor a tortitas de mamá. No supo por qué, pero durante una décima de segundo la pena y las lágrimas estuvieron a punto de brotar, aunque rápidamente olvidado, se levantó de un salto y corrió a la cocina. Allí estaban, papá, mamá, sus hermanos... y las tortitas. Antes de sentarse a desayunar, sintió la necesidad de besar a su familia.
Todos en la mesa, como siempre, comenzaron a hablar del cole, el partido de fútbol de su hermano pequeño (siempre perdían, pero él disfrutaba igual), el vestido que necesitaba su hermana mayor, el regalo de cumpleaños de papá. Sólo un olor superaba al de la deliciosa masa, el de la felicidad. De repenté sonó la puerta, y todos quedaron serios, mirándole. "Tienes que abrir, ha llegado". Con los ojos llenos de lágrimas y una fuerte rabia, se puso de pie y gritó, "No, nunca más", y subió corriendo a su cuarto. Rápidamente colocó la silla cerca del escritorio y lo tapó con una sábana, entrando bajo el improvisado fuerte. No tardó mucho en subir mamá.
"Cariño, tienes que abrir, sabes que ha llegado" "No, mamá" Dijo llorando "No quiero abrir, ¡NO PUEDO ABRIR! Me quedaré aquí sentado, para siempre contigo, entre tus brazos". Su madre, con un gesto tierno le abrazó, y besándole la cara, empapada por las lágrimas le susurró "Cariño, siempre estaremos aquí, y podrás volver cuando quieras".
De repente supo que no tenía otra alternativa, se puso de pie, y arrastrando la sábana, como un fantasma, comenzó a andar hacia la puerta. Papá le beso la cabeza sobre la sábana, se la quitó, y de rodillas le dijo "Te has convertido en todo un hombre, estoy orgulloso de ti. Prométeme que nunca nos olvidarás". No hizo falta contestación, la mirada de decidido amor que dirigió a su padre confirmaba la promesa.
Cuando llegó a la puerta, su familia estaba junta, abrazada, mirándole, con una eterna sonrisa. "Ábrele, Énfer". Y giró el pomo, y allí estaba, la realidad.
De nuevo estaba en esa sucia iglesia, con los ojos rojos de aguantar el llanto. Mirando al techo, como si así pudiera verles, susurró "Papá, nunca romperé mi promesa, no os olvidaré".
Loa a mi cuerpo
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Me hago una alabanza
de desesperanza,
con la certeza de saber
que tras la muerte no hay nada.
Me rindo a mi cuerpo,
contenedor inerte
de una vida sin suerte...
Hace 11 años