sábado, 19 de junio de 2010

No abras los ojos

Sonó el despertador, y abrió los ojos. Todo estaba en paz, y decidió disfrutar durante unos segundos de ese agradable momento de semi-sueño hasta que se despertara por completo. Pero algo le perturbó, el agradable olor a tortitas de mamá. No supo por qué, pero durante una décima de segundo la pena y las lágrimas estuvieron a punto de brotar, aunque rápidamente olvidado, se levantó de un salto y corrió a la cocina. Allí estaban, papá, mamá, sus hermanos... y las tortitas. Antes de sentarse a desayunar, sintió la necesidad de besar a su familia.
Todos en la mesa, como siempre, comenzaron a hablar del cole, el partido de fútbol de su hermano pequeño (siempre perdían, pero él disfrutaba igual), el vestido que necesitaba su hermana mayor, el regalo de cumpleaños de papá. Sólo un olor superaba al de la deliciosa masa, el de la felicidad. De repenté sonó la puerta, y todos quedaron serios, mirándole. "Tienes que abrir, ha llegado". Con los ojos llenos de lágrimas y una fuerte rabia, se puso de pie y gritó, "No, nunca más", y subió corriendo a su cuarto. Rápidamente colocó la silla cerca del escritorio y lo tapó con una sábana, entrando bajo el improvisado fuerte. No tardó mucho en subir mamá.
"Cariño, tienes que abrir, sabes que ha llegado" "No, mamá" Dijo llorando "No quiero abrir, ¡NO PUEDO ABRIR! Me quedaré aquí sentado, para siempre contigo, entre tus brazos". Su madre, con un gesto tierno le abrazó, y besándole la cara, empapada por las lágrimas le susurró "Cariño, siempre estaremos aquí, y podrás volver cuando quieras".
De repente supo que no tenía otra alternativa, se puso de pie, y arrastrando la sábana, como un fantasma, comenzó a andar hacia la puerta. Papá le beso la cabeza sobre la sábana, se la quitó, y de rodillas le dijo "Te has convertido en todo un hombre, estoy orgulloso de ti. Prométeme que nunca nos olvidarás". No hizo falta contestación, la mirada de decidido amor que dirigió a su padre confirmaba la promesa.
Cuando llegó a la puerta, su familia estaba junta, abrazada, mirándole, con una eterna sonrisa. "Ábrele, Énfer". Y giró el pomo, y allí estaba, la realidad.

De nuevo estaba en esa sucia iglesia, con los ojos rojos de aguantar el llanto. Mirando al techo, como si así pudiera verles, susurró "Papá, nunca romperé mi promesa, no os olvidaré".

miércoles, 2 de junio de 2010

paranoia

(...) Sentir que todo se mueve a nuestro alrededor demasiado deprisa no es un sentimiento incoherente. A veces crees haberte sentado en una butaca sin darte cuenta, a esperar. No haces ni dices nada, sólo observas como un muñeco al que le han robado la energía. No eres consciente de ello cuando sucede claro, sólo después. Y pierdes el tiempo. Nadie va a llamar a tu puerta para sacarte de tu estancamiento. Y si lo hiciera no lo permitirías. Tienes la esperanza de que las cosas llegarán solas: el simple paso del tiempo traerá eso que te hace falta. Sin embargo, pese a tu quietud, es paradójico ver que cuando despiertas las cosas han cambiado, y te sorprende... mientras tú te ausentabas. Los esquemas se han desestructurado, y tus principios, y los valores que te rodeaban, han dejado de tener sentido.

Una vez arriesgaste y perdiste, y no pudiste hacerlo otra vez. Fueron sólo intentos vanos en los que creías que podías ser otra persona. Deseaste sentir y querer como si fueras otro… pero nada cambia. De nuevo te sientas a esperar… y el tiempo pasa. Quisieras que te suplantasen tu personalidad, lo que te ha hecho ser así. Quisieras perder la memoria para olvidar aquellos momentos que te hicieron daño, y de nuevo perderle el miedo a ser tú quien hiere a la gente.

Es curioso cómo funcionan las cosas. La gente viene y va en la vida de los demás. Los momentos que quisieras que fueran eternos pasan a tu lado como estrellas fugaces, y los que quisieras alejar parece que te persiguen durante minutos, horas, y a veces te acompañan para siempre. Cuando quieres estar solo sueles estar rodeado de gente, y cuando necesitas a alguien sueles sentirte solo. A veces quieres llorar y no entiendes el por qué. Otras, deberías ahcerlo pero no puedes. Quisieras gritar y callas, y quisieras correr pero te escondes. ¡Hubieras dicho tantas cosas! Y sin embargo callaste... y así una y otra vez.

Son contradicciones sin sentido, pero que por el contrario te acompañan en tu día a día. Como respuesta, a veces, sólo a veces, tu cerebro se ausenta, te paras... y de nuevo todo se mueve a tu alrededor…