viernes, 25 de febrero de 2011

Un rayo de esperanza.

A primera vista, el mundo es una gran esfera. Si te fijas más, es una gran esfera podrida, oscura, y que huele mal. Nosotros, temerosos y cobardes, nos acurrucamos en el suelo, cerrando los ojos, esperando simplemente que la vida pase, rozándonos, tocándola solo por encima, como el aire que nos rodea. Pasa alrededor de nosotros, la notamos, y la dejamos marchar.

Pero no nos damos cuenta de que así solo contribuimos a esa oscuridad, a la podredumbre, al fatídico hedor que impregna al mundo. Somos como conejos escondidos en sus madrigueras. Por suerte para todos, entre nosotros existen pequeños, aunque inmensos ángeles, que deciden abrir sus ojos para lanzar un pequeño rayo de esperanza sobre el mundo, iluminarlo con su presencia.

Esos ángeles se levantan, miran en derredor suyo, y aceptan el cáncer que puebla la Tierra con la cabeza agachada. Pero ya se han levantado, y luchan por seguir de pie, eliminando una a una toda la basura que se encuentran. Si toda la superficie del mundo tiene 510.065.284,702 Kilómetros cuadrados, la tarea de limpiarlo se antoja imposible, y a veces, desesperanzadora. Pero ahí siguen, día a día, con pequeños actos que hacen de este mundo un lugar mejor, pese a que cualquiera que les vea piense que roca a roca no se puede mover una montaña.

Gandhi dijo una vez, “Casi todo lo que realice será insignificante, pero es muy importante que lo haga”. Gracias a todos los que hacen de este mundo un mundo menos sucio, pese a que exista basura imposible de remover. Gracias por superar toda la desesperación que provoca la mierda explotando. Gracias, por ser un ángel en este mundo de demonios. Gracias, y de nuevo, mil veces gracias, porque vosotros, algún día, podréis caminar con la cabeza alta.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Path of no return (I)

Al despertarse, Énfer comenzó a caminar. Sin ningún destino, sin ninguna dirección, simplemente caminó. No le importaba hacer eso de vez en cuando, generalmente su subsconciente le guiaba, como le guió a la Iglesia que ahora le servía de hogar, como le solía guiar hacia todo el alcohol que necesitaba para poder vivir con menor sufrimiento. Ahora que lo pensaba detenidamente, su subsconciente tampoco le trataba tan bien.
No sabía cuánto tiempo llevaba andando cuando de repente se dio cuenta de dónde estaba. Era inmenso, precioso, pétreo, sublime. Era un cementerio. En un principio deambuló entre las lápidas y panteones sin plantearse realmente qué hacía allí, simplemente regodeándose en la belleza fúnebre de tan lúgubres monumentos. Una cruz aquí, una virgen allí, e incluso un arcángel amenazante apuntándole con su espada, ante el que se descubrió la camisa, desafiante, esperando que le atravesara, para poder descansar, al fin, entre tantos cuerpos dormidos.
Y en ese momento, en el que, sin peligro aparente, su corazón llegó al límite de sus pulsaciones, con una lágrima recorriendo su cara, fue consciente de qué hacía en el Camposanto. Había pasado por la tumba de un respetado padre, de una querida madre, de los abuelos de alguien, e incluso de unos desaparecidos amigos. Y se dio cuenta de que necesitaba de un lugar en el que volver a conectar con todos los seres perdidos, pero en la paz de la consciencia, y no en esas terribles pesadillas que le atacaban en las vigilias.
No entendía el por qué, él, que siempre había renegado de esas estúpidas supersticiones, que le bastaba con el recuerdo, de repente buscaba como un loco iconos a los que adorar, a los que llorar, a los que añorar.
Y así pasó el resto del día, recuperando las tumbas rotas, las que no tenían nombre, las que estaban tiradas, sin dueño, tallándolas, encontrándoles un lugar, limpiándolas,... construyendo su propio panteón. Casi sin darse cuenta, se le había hecho de noche, pero había acabado el trabajo que se había propuesto. Y antes de que llegara la oscuridad total, improvisó una serie de antorchas que iluminaran los restos reconstruídos de su pasado.
De ese modo tan poco usual pasó lo que quedaba del día. Sentado, frente a las improvisadas tumbas, hablando con aquellos a quienes había perdido, recordando lejanos momentos de felicidad ya olvidados, conteniendo el aliento cuando el llanto le hacía perder la voz.
Hasta que amaneció, y detrás de la tumba más grande que había allí, la vio. No sabía si era alta o baja, delgada, o muy delgada (la maldita hambruna no dejaba a nadie engordar), guapa o fea, pero en cuanto los ojos de Énfer se cruzaron con los de la muchacha, supo que se había enamorado...


sábado, 19 de junio de 2010

No abras los ojos

Sonó el despertador, y abrió los ojos. Todo estaba en paz, y decidió disfrutar durante unos segundos de ese agradable momento de semi-sueño hasta que se despertara por completo. Pero algo le perturbó, el agradable olor a tortitas de mamá. No supo por qué, pero durante una décima de segundo la pena y las lágrimas estuvieron a punto de brotar, aunque rápidamente olvidado, se levantó de un salto y corrió a la cocina. Allí estaban, papá, mamá, sus hermanos... y las tortitas. Antes de sentarse a desayunar, sintió la necesidad de besar a su familia.
Todos en la mesa, como siempre, comenzaron a hablar del cole, el partido de fútbol de su hermano pequeño (siempre perdían, pero él disfrutaba igual), el vestido que necesitaba su hermana mayor, el regalo de cumpleaños de papá. Sólo un olor superaba al de la deliciosa masa, el de la felicidad. De repenté sonó la puerta, y todos quedaron serios, mirándole. "Tienes que abrir, ha llegado". Con los ojos llenos de lágrimas y una fuerte rabia, se puso de pie y gritó, "No, nunca más", y subió corriendo a su cuarto. Rápidamente colocó la silla cerca del escritorio y lo tapó con una sábana, entrando bajo el improvisado fuerte. No tardó mucho en subir mamá.
"Cariño, tienes que abrir, sabes que ha llegado" "No, mamá" Dijo llorando "No quiero abrir, ¡NO PUEDO ABRIR! Me quedaré aquí sentado, para siempre contigo, entre tus brazos". Su madre, con un gesto tierno le abrazó, y besándole la cara, empapada por las lágrimas le susurró "Cariño, siempre estaremos aquí, y podrás volver cuando quieras".
De repente supo que no tenía otra alternativa, se puso de pie, y arrastrando la sábana, como un fantasma, comenzó a andar hacia la puerta. Papá le beso la cabeza sobre la sábana, se la quitó, y de rodillas le dijo "Te has convertido en todo un hombre, estoy orgulloso de ti. Prométeme que nunca nos olvidarás". No hizo falta contestación, la mirada de decidido amor que dirigió a su padre confirmaba la promesa.
Cuando llegó a la puerta, su familia estaba junta, abrazada, mirándole, con una eterna sonrisa. "Ábrele, Énfer". Y giró el pomo, y allí estaba, la realidad.

De nuevo estaba en esa sucia iglesia, con los ojos rojos de aguantar el llanto. Mirando al techo, como si así pudiera verles, susurró "Papá, nunca romperé mi promesa, no os olvidaré".

miércoles, 2 de junio de 2010

paranoia

(...) Sentir que todo se mueve a nuestro alrededor demasiado deprisa no es un sentimiento incoherente. A veces crees haberte sentado en una butaca sin darte cuenta, a esperar. No haces ni dices nada, sólo observas como un muñeco al que le han robado la energía. No eres consciente de ello cuando sucede claro, sólo después. Y pierdes el tiempo. Nadie va a llamar a tu puerta para sacarte de tu estancamiento. Y si lo hiciera no lo permitirías. Tienes la esperanza de que las cosas llegarán solas: el simple paso del tiempo traerá eso que te hace falta. Sin embargo, pese a tu quietud, es paradójico ver que cuando despiertas las cosas han cambiado, y te sorprende... mientras tú te ausentabas. Los esquemas se han desestructurado, y tus principios, y los valores que te rodeaban, han dejado de tener sentido.

Una vez arriesgaste y perdiste, y no pudiste hacerlo otra vez. Fueron sólo intentos vanos en los que creías que podías ser otra persona. Deseaste sentir y querer como si fueras otro… pero nada cambia. De nuevo te sientas a esperar… y el tiempo pasa. Quisieras que te suplantasen tu personalidad, lo que te ha hecho ser así. Quisieras perder la memoria para olvidar aquellos momentos que te hicieron daño, y de nuevo perderle el miedo a ser tú quien hiere a la gente.

Es curioso cómo funcionan las cosas. La gente viene y va en la vida de los demás. Los momentos que quisieras que fueran eternos pasan a tu lado como estrellas fugaces, y los que quisieras alejar parece que te persiguen durante minutos, horas, y a veces te acompañan para siempre. Cuando quieres estar solo sueles estar rodeado de gente, y cuando necesitas a alguien sueles sentirte solo. A veces quieres llorar y no entiendes el por qué. Otras, deberías ahcerlo pero no puedes. Quisieras gritar y callas, y quisieras correr pero te escondes. ¡Hubieras dicho tantas cosas! Y sin embargo callaste... y así una y otra vez.

Son contradicciones sin sentido, pero que por el contrario te acompañan en tu día a día. Como respuesta, a veces, sólo a veces, tu cerebro se ausenta, te paras... y de nuevo todo se mueve a tu alrededor…

miércoles, 7 de abril de 2010

Hubiese sido una mañana como tantas otras, en donde el cielo se había despertado encapotado y cubierto de niebla. Claire, en un intento de evasión, estaba dispuesta pese a ello a dejarse guiar por las desgastadas baldosas y las calles escondidas. Necesitaba huir aunque sólo fuera un instante. Se había puesto su blusa favorita, de color rojo mientras imaginaba que tenía otras muchas como aquella de diferentes colores en un armario repleto de ropa y zapatos. Pero no era así. El color en el exterior era siempre el mismo: negro y gris inundaban el ambiente: los edificios, el cielo, la ropa de la gente... e incluso sus semblantes parecían estar teñidos de tonos lúgubres.

Inentaba apartar por unos minutos esas imágenes de su cabeza, pero acudían a ella una y otra vez. Su compañera de cuarto, a la que conocía desde hacía varios años, había despertado entre fuertes dolores y mareos. Pronto había empezado la fiebre... y el diagnóstico había sido claro. Se sabía, por la prensa, que la gripe estaba provocando miles de muertes en los países combatientes, aunque éstos le daban poca propaganda con ánimo de no asustar más a sus soldados. Y Claire conocía casos de muertos en la ciudad debido a una complicación de la enfermedad. Pero no imaginaba que pudiera estar tan cerca... Y una vez más le mostraba lo frágil que era todo...


Iba andando ensimismada en estos pensamientos cuando se dio cuenta que había un grupo de hombres en el extremo opuesto del callejón. Y la estaban mirando. Cuando se dio la vuelta para volver por donde había llegado observó sobresaltada que en el otro extremo de la calle había otro hombre con un cuchillo en la mano...La hermana Mary siempre se lo advertía: no debía andar sola por calles estrechas... Pero ella nunca le hacía caso. Y ahora estaba atrapada. No podía huir por ninguno de los dos lados, y los hombres estaban acercándose a ella...Uno de ellos cojeaba, pero Clary sabía que eso no le detendría... Estaban a unos pocos metros y sonreían...

-¿Qué haces aquí solita? No deberías andar por esta ciudad sin protección niña.- Pero su rostro no mostraba ningún tipo de preocupación, sino una sorisa cruel y malintencionada.

-!Dejazme en paz! !No podéis hacerme daño!- Gritó asustada.

Pero el hombre no le hizo caso, y se acercó aún más a ella. Agarró a Claire con fuerza por la cintura pese a los intentos de ella por salir corriendo y acercó su rostro al suyo. Olía a una mezcla de tabaco y alcohol.

- Estás perdida. - E hizo una señal a sus compañeros para que se acercaran.

El hombre le asestó un fuerte golpe en la cabeza con la empuñadura del cuchillo, y justo antes de perder el conocimiento Clary oyó un disparo en el extremo de la calle. Con la vista difuminada distinguió la silueta de un muchacho que gritaba algo a los hombres y se acercaba corriendo. Entonces ellos la soltaron... y perdió el conocimiento.

martes, 23 de marzo de 2010

Para él no había nada nuevo. Había nacido el mismo día en que estallaban todas las "tensiones". ¿Tensiones? En los periódicos que encontraba por el suelo lo llamaban así, pero para él sólo tenía un nombre, monstruosidad. El fraticidio mundial, los asesinatos continuados, la maldita pugna por el poder. Toda esa mierda, la que siempre había vivido, pululaba en su cabeza mientras apuraba el primer cigarro del día, ¿o era el último? Era tan difícil calcular el tiempo cuando la vida era una ingesta continua del alcohol encontrado en los armarios ajenos...
Pero al final de esa línea mental que perpetuamente rondaba su cabeza, llegaba siempre a la misma conclusión, rematada por una cínica sonrisa. "No puedo añorar nada, pues para mí no existe la paz".
Aunque esta vez esa tímida sonrisa que siempre cruzaba su boca al llegar a ese pensamiento, se tornó en una carcajada, al darse cuenta de la paradoja. Él, a quien su padre, un desertor francés, había llamado Enfer, en un alarde de videncia sobre lo que sería su vida, se acababa de despertar en una iglesia.
"¡¡El infierno vive en la casa del Señor!!" Gritó con todas sus fuerzas antes de caerse de rodillas ante la inmensa cruz que coronaba el altar, mientras que las lágrimas inhundaban su cara, y pedía perdón por los pecados de toda la humanidad.

domingo, 21 de marzo de 2010

[...]
Se sentía completamente exhausta y triste. Como si esas cuatro horas en las que había logrado conciliar el sueño no hubiesen sido más que un espejismo que danzaba ante sus ojos. Inquieta e insegura, apenas había logrado permanecer dormida más de veinte minutos seguidos. Tras fallidos intentos de borrar esos pensamientos de su cabeza, el cansancio sumergió su mente y su cuerpo en lugares oscuros.
No sabía por qué había ocurrido así... ¿Por qué era todo tan complicado? O era ella quien lo complicaba... indistintamente, no se sentía bien por ello. Había barrido las ilusiones de varios meses en un instante... Por un malentendido... Quizá todo hubise sido más fácil si simplemente fuera de otra manera. Si no fuera como ella era, siempre tan distante... Si fuese capaz de decir aquello que sentía sin miedo... Y era precisamente el miedo el que una y otra vez le cubría su esperanza y su ilusión con un manto denso e inquebrantable que le hacía parecer fría. La engullía poco a poco haciendo quebrar los fios hilos que la mantenían en el mundo real.
Y cuando ocurrió otra vez se acabaron sus fuerzas... prefería no sentir nada, ser como una piedra y olvidar... Eligió ser un mero espectador de esto que la gente llama día a día. Sus ojos se tornaron tristes y su mirada se apagó.